El correo de Andalucía – Mucho talento joven junto

Inédita desde hace mucho en nuestro templo de la música, la JONDE se encargó de clausurar el curso académico de la Universidad con un concierto antológico.

JONDE 
Concierto de clausura del curso de la Universidad de Sevilla. Joven Orquesta Nacional de España. Jordi Francés, director. Programa: La procesión del Rocío Op. 9, de Turina; Selección de Suites 1 y 2 de Romeo y Julieta Op. 64, de Prokófiev; La consagración de la primavera, de Stravinsky. Teatro de la Maestranza, lunes 17 de junio de 2019

Por Juan José Roldán

La Joven Orquesta Nacional de España reemplazó por una vez a nuestra Sinfónica para responsabilizarse del concierto de clausura del curso de la Universidad Hispalense, y los resultados fueron sobresalientes. La institución académica revalidó así su apuesta y confianza por el talento joven, demostrado en su imprescindible apoyo a la espléndida Orquesta Conjunta, que de la mano de su director Juan García Rodríguez y sus sensacionales programas tantas satisfacciones nos da.

El ambiente de entrada era decididamente festivo, con el teatro lleno y mucho entusiasmo y respeto en sus gradas, que todo contribuye a crear la necesaria atmósfera en la que desplegarse la magia y la ilusión que ha de acompañar este tipo de manifestaciones. Al frente del buque insignia de la formación musical en nuestro país, con aportaciones de miembros de otras orquestas jóvenes gracias a programas de intercambio de la Unión Europea, encontramos la sorprendente y entusiasta batuta del también joven Jordi Francés, curtido en la música contemporánea y férreo conductor disciplinado e involucrado para propiciar los buenos resultados que obtuvo la formación a lo largo de todo el programa propuesto.

Sentimiento y sensibilidad
Centrado en el ballet ruso, la exhibición comenzó sin embargo haciendo concesión a nuestra tierra y a una fiesta que acaba de pasar, la tan señalada Romería del Rocío. En los atriles La procesión del Rocío, un breve poema sinfónico que Turina compuso en su período parisino, sostenido en fuertes contrastes de melodía y ritmo aunque con una orquestación farragosa y poco delicada. Francés solo erró al no controlar los planos sonoros, de forma que aún resultó más borrosa, pero dotó al conjunto de un considerable vuelo lírico y logró extraer grandes resultados de la percusión y las flautas.

Más responsabilidad exige el sublime Romeo y Julieta de Prokófiev, servido en una combinación de las dos primeras suites con el fin seguramente de dotarlo de mayor cohesión dramático musical. Mucho empuje y decisión en unos Montescos y Capuletos de ritmo decidido y arrogante, seguido de una deliciosa y saltarina, llena de dulzura y vivacidad, Julieta niña. Tras unas Máscaras resueltas con amplio sentido jocoso, se le notaron más las costuras a la Escena del balcón y la Danza del amor, en su arquitectura y armazón, porque en texturas y sensibilidad la cosa no pudo salir mejor, con aportaciones solistas excepcionales, por ejemplo al chelo. Un relajado y espiritual Padre Lorenzo dio paso a una endiablada y viril Muerte de Tebaldo. Toda una exhibición de madurez interpretativa tanto por parte del aguerrido director como de una muy talentosa joven plantilla.

Una consagración formidable
Si el Romeo y Julieta de Prokófiev necesita habitualmente las suites para sonar en concierto y que se preste así más atención a la música que a la danza, La consagración de la primavera de Stravinsky se suele interpretar directamente en concierto y es más raro disfrutarlo en su concepción original. Su fuerza primitiva exige una carga emocional tan prodigiosa que prácticamente nos conduzca al paroxismo. Así lo debió entender Francés y la orquesta para regalarnos una versión tan rabiosa, transparente y endiabladamente febril de esta fascinante página musical.

Ya desde una dilatada introducción al fagot, con magníficas prestaciones en los vientos, la joven plantilla, recordemos aún en formación, nos brindó un viaje inquietante a través de controlados acordes repetitivos y acentos sincopados, con una tensión cortante que nos mantuvo casi sin respiración durante sus cuarenta minutos de superposición ininterrumpida de tonalidades, acordes y ritmos. Un majestuoso, técnicamente impecable y delicadamente expresivo Vals de La bella durmiente de Chaikovski, despidió como propina un concierto inolvidable. La gran música en forma de jóvenes talentos volverá a saludarnos al final del mes gracias a la recuperación de Barenboim y la Orquesta del Diván.

 

Beckmesser – Una abrasadora Consagración en el Festival Ibérico

XXXVI FESTIVAL IBÉRICO DE MÚSICA DE BADAJOZ

Concierto de clausura. Joven Orquesta Nacional de España. Obras de Turina (La procesión del Rocío), Prokófiev (selección del ballet Romeo y Julieta) y Stravinski (La consagración de la primavera). Director: Jordi Francés. ­Badajoz, Palacio de Congresos, 19 junio 2019.

Por Justo Romero

La consagración de la primavera, en una vibrante y abrasadora versión cargada de vigor e impulso juvenil, ha sido el colofón más que brillante de la trigésimo sexta edición del Festival Ibérico de Música de Badajoz, una cita veterana y de referencia en la agenda festivalera española, por cuya actual edición han pasado, entre otros, artistas y conjuntos como los pianistas Alekséi Volodin, Gustavo Díaz Jerez, Manuel Escalante, Miguel Ituarte, Daniel del Pino o Alba Ventura, la soprano portuguesa Joana Searael con su paisano Concerto Campestre, el dúo Elena Gragera y Anton Cardó, la Orquesta de Extremadura y su titular Álvaro Albiach.

En el concierto de clausura, ante un abarrotado Palacio de Congresos de Badajoz expectante ante el acontecimiento del estreno en Extremadura del célebre ballet de Stravinski estrenado en París en 1913, se escuchó una versión impactante, seca, valiente, árida y de intensa intencionalidad descriptiva. Hace no tantos años era casi una temeridad que una orquesta de fuera de Madrid o Barcelona afrontara la revolucionaria obra maestra. Da gusto hoy escuchar, en plena primavera estacional y artística, a nuestros jóvenes músicos tocar, además de con el entusiasmo e ilusión que se les supone, con unos niveles de calidad técnica y artística que para sí quisieran muchos de los veteranos profesores de nuestras viejas orquestas.

La JONDE es, en este sentido, símbolo, reflejo y estandarte de la nueva España sinfónica que se comenzó a gestar en los años noventa, con la creación de nuevas formaciones sinfónicas y auditorios por toda la geografía nacional. Desde el inicio estupendo del virtuoso fagot solista, al empastado impulso final de la

Danza del sacrificio, en Badajoz, en su Festival Ibérico de Música, se escuchó y disfrutó una versión pletórica de pulso rítmico y aliento instrumental, de sobrecogedora intensidad. Gobernada sin batuta por el alicantino Jordi Francés con libertad, naturalidad, singularidad, oficio, criterio y atrevida maestría. Francés, tan hábil en los ámbitos de la música contemporánea como en menesteres más convencionales, mostró con los jóvenes atriles una empatía total y obtuvo de ellos una respuesta ciertamente espectacular.

Antes, en la primera parte del programa, en la curiosa mezcolanza ofrecida de fragmentos del ballet Romeo y Julieta de Prokófiev, se vislumbraron puntuales bisoñeces instrumentales que, sin embargo, no lograron enturbiar el sentido dramático de una interpretación coronada con la impactante secuencia de la Muerte de Teobaldo. Antes, como preludio de programa, la música de Joaquín Turina, concretamente La procesión del Rocío, obra presente en la programación del Festival Ibérico ya desde sus inicios, cuando fue interpretada el 24 de mayo de 1980 por la Orquesta Nacional de España y Miguel Ángel Gómez Martínez en el Teatro López de Ayala de la capital extremeña. Los aires rocieros y el carácter refinado, casi impresionista, se cruzaron y casi colisionaron en una versión de enormes dinámicas que transcurrió a medio camino entre ambos universos, en el que la cita de la marcha real quedó agazapada entre tanto arrebato. Una deliciosa y casi bailada -¡esos contrabajos! ¡esas trompas danzonas!- versión del vals de La bella durmiente de Chaikovski y la repetición de un fragmento del Romeo y Julieta de Prokófiev fueron colofón de tan aplaudidísimo concierto, clausura y festival.¡Enhorabuena a todos!

Revista Scherzo – Ensemble Sonido Extremo en Badajoz

Badajoz. Teatro López de Ayala. 8-III-2019. Antonio García Jorge, saxofón. José Vicente Moirón, narrador. Sonido Extremo. Director: Jordi Francés. Obras de Murail, Magrané, Badalo y Rzewski. · Palacio de Congresos. 14-III-2019. Carmen Solís, soprano. Juan Pérez Floristán, piano. Orquesta de Extremadura. Director: Domingo Hindoyan. Obras de Mozart y Brahms-Schoenberg.

Asombra y admira la vitalidad musical de la ciudad de Badajoz, siempre abierta a nuevas músicas e intérpretes. En apenas unos días se han sucedido estrenos y primeras audiciones de obras de compositores como Murail, Magrané, Rzewski o Inés Badalo, oliventina de 1989 de quien el grupo Sonido Extremo estrenó con carácter absoluto Iridiscencia, pieza cargada de sutilezas y detalles de muy fina orfebrería instrumental, consecuencia de un encargo del propio Sonido Extremo, conjunto de vanguardia y fuste que, bajo la dirección de Jordi Francés, la ofreció en una realización empeñada en subrayar los matices más delicados y diversos de una escritura que es soporte del fecundo universo de una creadora plena de ideas y talentos.
En el mismo programa, que clausuraba el X Ciclo de Música Actual, se escucharon L’argent com viu, para saxofón soprano y conjunto instrumental, obra reveladora del genio de Joan Magrané —uno de los más atractivos y documentados nombres de la nueva música española—, que se enriqueció con la virtuosa participación solista de Antonio García Jorge; Treize Couleurs du soleil couchant, compuesta en 1978 por Murail, y Coming together, fechada en 1972 bajo el influjo del minimalismo y fiel reflejo del grito singular que tanta veces supone la música de Rzewski. Como narrador impostado y en un inglés más próximo al de Ana Botella que al de Laurence Olivier intervino el actor extremeño José Vicente Moirón. Los profesores del imprescindible conjunto Sonido Extremo hicieron alarde una vez más de su valía y profesionalidad en este programa denso, comprometido y sin concesiones, en cuyo éxito resultó fundamental el trabajo puntilloso y siempre efectivo del maestro Jordi Francés.

 

Apenas unos días después, la Orquesta de Extremadura tocó bajo la dirección del venezolano Domingo Hindoyan (Caracas, 1980) esa obra maestra de Brahms y también de Schoenberg que es la orquestación que este hizo del Cuarteto con piano en Sol menor del hamburgués. Hindoyan y los sinfónicos extremeños plasmaron una versión henchida
de expresiones y registros. Rica y plural, más importante en el concepto que en su realización. En el mismo programa la soprano pacense Carmen Solís derrochó su generosa categoría artística y vocal en la mozartiana aria de concierto Ch’io mi scordi di te?, enriquecida con la participación ‘obligada’ al piano de Juan Pérez Floristán, quien a su vez fue coprotagonista de una impecable versión del Concierto para piano no 21 de Mozart, que él ornamentó en el primer movimiento con una vistosa y bien escrita cadencia salida de su propia cosecha, mientras que para el tiempo final optó por la de Géza Anda. Como propina y colofón de su exitosa actuación, el joven pianista sevillano tocó el célebre Momento musical de Schubert (D 780, no 3), cuyo diminuendo final calibró admirablemente hasta el más tenue silencio.

Justo Romero

Revista Codalario: Ensemble Sonido Extremo en el auditorio 400 del museo Reina Sofía bajo la dirección de Jordi Francés

Los caminos de la composición contemporánea, ¿son inescrutables?

Por David Santana

Madrid. 26-XI-2018. Series 20/21 del CNDM. Auditorio 400 del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. XXIX Premio Jóvenes Compositores de la fundación SGAE – CNDM. Ensemble Sonido Extremo. Director: Jordi Francés. Gouache de José Luis Valdivia,  Evanescente Latir de Inés Badalo, Espejismo volátil de Román González Escalera y Límites del negro de Hugo Gómez-Chao.

Me gustaría pensar que, de algún modo, el concierto final del XXIX Premio Jóvenes Compositores otorgado por la Fundación SGAE y que se ofreció en el marco de la temporada Series 20/21 del CNDM es como mirar a través de una mirilla hacia el futuro, o incluso mejor, como cuando uno pega la oreja tras la puerta para intentar «cotillear» sobre qué se está hablando en la habitación de al lado. Si bien es cierto que las obras que pudimos escuchar anoche están claramente insertas en los estilos y «escuelas» –si es que sigue siendo digno el uso de éste último término– actuales, hay quien se puede atrever a elucubrar qué nos deparará el futuro en el campo de la producción de música contemporánea de nuestro país. Veamos, pues, si el análisis de la velada del pasado lunes nos puede ayudar a disipar las tinieblas del porvenir.

Sin embargo, antes de comenzar a escrutar las obras que se estrenaron en el auditorio del Museo Reina Sofía, me gustaría recalcar la importancia tanto de este certamen, que permite al público general conocer las últimas novedades de la composición, como el hecho de contar para tal evento con el Ensemble Sonido Extremo, de origen extremeño –supongo que de ahí lo de «extremo»– y formado íntegramente por intérpretes españoles. Y es que ya sabemos que Extremadura es tierra de conquistadores, y estos jóvenes están dispuestos a «conquistar» las salas de conciertos del Viejo y el Nuevo Mundo, algo que, si siguen interpretando este repertorio con el sentimiento y precisión con lo que lo hicieron en la pasada velada, sin duda lograrán.

La primera obra en ser puesta a prueba fue Gouache de José Luis Valdivia. Del texto que el autor publicó en el programa de mano rescato dos palabras: contraste y timbre. Creo que estos dos aspectos fueron lo mejor de su propuesta. El contraste que desde el principio se dio entre el agudo de la cuerda y el grave de un piano sobre el que Beatriz González mostró una gran versatilidad, desde la fuerza y oscuridad de los bajos rítmicos de esta primera obra hasta los pasajes agudos, rápidos y brillantes en las obras posteriores. Tras esta primera sección, la obra llega a un clímax en el que Valdivia fuerza el sonido de los instrumentos, llegando a conseguir una sonoridad muy interesante gracias en parte a efectos electroacústicos. A este punto álgido, le sucede la necesaria distensión hasta llegar a un momento en el que sólo se escuchaban soplidos y la lira, seguido de un prolongado silencio. En definitiva, una buena obra que aúna la experimentación en el timbre de los instrumentos con una propuesta de discurso que resulta atractiva a la escucha.

Posteriormente sonó la obra de Inés Badalo Evanescente latir. En ella pudimos percibir multitud de efectos sonoros muy imaginativos. Los innovadores timbres que fue capaz de reproducir fue lo más interesante de esta propuesta. También es destacable el trabajo que realizó en esta pieza el Ensemble Sonido Extremo teniendo que adaptarse a formas impensables de tocar sus instrumentos.

Ramón González Escalera presentó Espejismo volátil, una obra que describe como «canto desesperado y rabioso». En ese aspecto, logró su objetivo, por lo que ya de por sí merece reconocimiento. Los arrebatos del cello y el piano, la agitada conversación entre instrumentos, los motivos de la marimba… todo ello crea una sensación de constante fluir de la música, mientras el oyente puede experimentar en sus carnes una verdadera sensación de agobio, que se ve incrementada debido a la fuerza sonora de esta pieza.

Por último, pudimos escuchar Límites del negro de Hugo Gómez-Chao. La descripción que hizo de su propia obra me pareció, de todas, la más acertada. Fue fácil diferenciar los bloques de sonido que menciona: el primero formado por células de sonido muy breves que fluyen rápidamente de un instrumento a otro. En contraposición a este bloque dinámico y lleno de ritmo surge desde el clarinete bajo otro estático que acabará por imponerse. Finalmente los violines tratarán de volver a traer el movimiento, sin lograrlo con éxito, ya que la obra se ve abruptamente interrumpida, rompiendo completamente con las expectativas del espectador y dejándole con ganas de escuchar más. Esto es especialmente relevante, ya que creo –e invito al compositor a corregirme si no es así– que Gómez-Chao escribe esta parte pensando en el receptor de la obra, ya sea el público o el jurado. De esta forma, se desembaraza los dogmas de las escuelas centroeuropeas del siglo pasado y toma la vía que, en mi modesta opinión, es la correcta.

El jurado debió de estar de acuerdo conmigo, ya que decidió premiar con el máximo galardón al joven compositor coruñés. En este aspecto, podemos respirar aliviados, ya que, aun siendo imposible saber cuáles serán los, por ahora, inescrutables caminos de la composición contemporánea; sí que se está avanzando por el buen camino: el que dirige hacia el público, con el que los nuevos compositores, según parece, comienzan a reconciliarse.

Levante y Beckmesser.com: Sonido Extremo en Ensems

Solista: Jeanne Maisonhaute (violonchelo). Director: Jordi Francés. Pro­gra­ma: Obras de García-Tomás, Arroyo, Río Pareja y Haas. Lugar: Palau de la Música (Sala García Navarro). Entra­da: Alre­de­dor de 150 perso­nas. Fe­cha: Miércoles, 25 abril 2018. 

Justo Romero

Ya en la recta final de la cuadragésima edición del Festival Ensems, que se desarrolla en Valencia desde el pasado 10 de abril, le ha correspondido el turno a Sonido Extremo, versátil y bien ensamblado conjunto instrumental extremeño cargado de calidad en cada uno de sus integrantes. El grupo es símbolo y reflejo del nuevo y dinámico auge musical que en la actualidad disfruta la Comunidad Extremeña.

En su debut en Ensems, sus ocho integrantes han sido dirigidos por el ascendente maestro alicantino -de Banyeres de Mariola- Jordi Francés, que concertó con rigor, conocimiento y dominio un programa que agrupaba obras de compositores tan contrastados como los barceloneses José Río Pareja (1973) y Raquel García-Tomás (1984), el limeño Juan Arroyo (1981) y el austriaco Georg Friedrich Haas (1953), reconocido como uno de los más destacados creadores de su generación en el ámbito de la música espectral, y cuyo “Tria ex uno”, compuesto en 2001, cerró el programa, que fue seguido por un silencioso público que llenó la Sala García Navarro del Palau de la Música.

El programa, cargado de interés y buena música, se abrió con el estreno absoluto de “Tiempo suspendido”, “estudio sonomecánico” en el que García-Tomás vierte una auténtica exhibición de su conocido talento para generar sonidos, que en este caso se identifican e incorporan a imágenes muy diversas y fugaces para impregnarse en ellas y crear un conjunto redondo y unitario pleno de virtuosismo e impactos sensoriales.

De Juan Arroyo se escuchó “Saturnian Song”, ciclo de tres canciones, cuyo origen arranca en 2016, cuando Sonido Extremo dio a conocer la primera y tercera de ellas, la última de las cuales está precisamente dedicada al conjunto extremeño, que, junto a las dos anteriores, la hizo oír el miércoles con la colaboración solista de la estupenda violonchelista francesa Jeanne Maisonhaute, miembro del Cuarteto Tana. Los efectos acústicos, fruto de la transformación del sonido natural del violonchelo, y la estupenda implicación de los músicos extremeños y el virtuosismo de todos, cuajaron una fiel versión de tríptico, en la que poesía y cante jondo se cruzaron y abrazaron en el “potente entorno de ritmos tribales, sensaciones acústicas e intensidad expresiva” del que habla el compositor.

La música plena de matices, colores y sutilezas de Río Pareja estuvo representada por “Luminosa Azul”, de 2016, y por “Estrellas variables”, compuesta un año antes. Dice Leo Brouwer que el heredero natural de Debussy es Takemitsu y no Messiaen. Sin entrar en esta dualidad, sí se puede decir que uno de los claros herederos de Debussy en España es Río Pareja. Bastan los redondos siete minutos que dura Luminosa azul para sentir en sus contrastes, evoluciones y sonoridades el impresionista mundo del compositor francés. Un mundo que Río Pareja hace suyo sin perder su propio sello y personalidad. Éxito grande y merecido de todos: intérpretes, compositores y del propio Festival Ensems. Enhorabuena.

Revista Scherzo – CRÍTICA / La JORCAM: lo contemporáneo y el repertorio

Madrid. Auditorio Nacional. 3-IV-2018. Joven Orquesta de la Comunidad de Madrid. Luis Esnaola, violín. Director: Jordi Francés. Obras de José Luis Turina y Piotr Chaikovski.

Santiago Martín Bermúdez

El concierto para violín de José Luis Turina expone al solista no solo a la agresividad de la familia de la percusión (que a veces afloja como dándole cuartel, respiro), sino a la acogedora o al menos no tan aplastante acogida de otras familias. Porque, se diría, esto va de familias junto o frente al solista. No se trata de acompañamientos solo camerísticos; va algo más allá en la cantidad de músicos, va hasta las familias instrumentales, desde la contundencia percutiva del principio hasta la sutileza de tramas del corazón de la pieza (tres movimientos, sin título, para qué). Y esas familias marcan la trama, más que la tímbrica. Solista y familias (cuerdas, maderas, por ejemplo) forman un crecimiento que es una trama. El virtuoso, Luis Esnaola, se desenvuelve imparable junto a  esas familias y llega a la culminación de la obra con la complicidad de Jordi Francés: una culminación que no coincide con el ápice decibélico. Los compositores contemporáneos, es sabido, a menudo nos asustan con fortissimos inopinados que estropean las obras.

Lo más sutil (palabra desgastada, sí, pero que indica lo delgado frente a los grueso) es lo más penetrante; no lo más profundo ni lo más pretencioso: la elegancia del (más o menos) corazón de la pieza, ese al parecer rondó que al parecer es scherzo, ahora que las formas no mandan, sino que obedecen. Y menos aún cuando se compuso esta obra, que es de 1987. Turina demuestra con obras como ésta, de antaño, mas también con las que ocasionalmente le oímos hogaño, que es uno de los compositores españoles de auténtica talla artística. Este Concierto para violín ha tenido la suerte de estar hoy en manos de quien ya invocábamos, el del joven virtuoso Luis Esnaola, que parecía muy partícipe con el conjunto de jovencísimos y entregados músicos de la JORCAM. Esnaola no estaba en mundo cuando se estrenó el Concierto de Turina. Entonces la estrenó el inolvidable Víctor Martín, otro enorme virtuoso.

La segunda parte ofrecía una obra demasiado conocida, la Cuarta sinfonía de Chaikovski, como para permitirse versiones de referencia (Radio Clásica retransmitía el concierto casi en directo, con apenas media hora de desajuste). Se lo tomó Jordi Francés y el conjunto como el doble deber de este tipo conciertos: como ejercicio para músicos de atril, con una obra muy del repertorio; y como concierto para el público, que viene a oír «de nuevo» o quién sabe si por vez primera, una de las más importantes piezas sinfónicas del repertorio. El pathos subyacente en Chaikovski no lo disimuló Francés con los jóvenes; simplemente, no lo explotó, no lo enfatizó. No necesitó subrayar. Ni en las llamadas del destino, que ya tienen su propio énfasis (y mucha literatura, empezando por las cartas entre Piotr Ilich y Nadiezhda Mandelstam), ni en el cantábile triste del Finale, ni siquiera en las también triste danzas del movimiento inicial.

De manera muy subjetiva, porque creo que esto es mi preferencia, no trato de generalizarla, destacó el Scherzo, con su pizzicato, con su trío dominado por las maderas. Este movimiento es magistral, y el predominio del pizzicato y su uso no son ajenos a ello; pero es un momento mágico para el conjunto, y los jóvenes de la JORCAM, con Jordi Francés, han sabido aprovechar la ocasión. Esa magia no es la suspensión de lo fascinante, la hipnosis; no es lo emotivo, lo conmovedor. Es eso, un scherzo, un relajo en medio del camino de esta sinfonía triste. Y así lo han hecho la JORCAM y Francés: un intento de alegría, a sabiendas de que en medio de este discurso eso no es posible. Un intento, que sale más logrado que el del Allegro inicial, cuando todos, músicos, director y el propio Piotr Ilich, saben que esas danzas no son para bailarlas, son un recuerdo, una evocación, lo que ya no es. Como si estuviéramos en el Allegretto grazioso de la Patética: recuerdos, dolor. Pero si hay idénticos recuerdos, el dolor es todavía menor. El intento de triunfo, quién sabe: acaso Piotr Ilich se lo cree. Los jóvenes de la JORCAM no están para complicidades en este caso. Francés, tampoco. Por eso les salió una Cuarta de Chaikovski bastante original y notable.

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